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Pan y rosas, la verdadera historia del día de la mujer

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Tomado del libro Érase una mujer, de Vera Carvajal

Érase una mujer que no tenía más que sus manos para ganar el pan de cada día.

Dueñas de su trabajo, cuando las fábricas se inventaron, las mujeres prestaron sus manos, rápidas como golondrinas, para que los hilos se dejaran tejer con gusto.

Muy pronto, sin embargo, descubrieron que las fábricas no eran los lugares que esperaban. Eran más bien sitios lúgubres, grises, en donde la respiración y las risas eran oprimidas por el tictac de un reloj interminable. Luego, casi sin respiración y sin alegrías, las mujeres se dieron cuenta que estaban volviéndose invisibles. Comenzaron a notarlo porque una parecía espejo de la otra: cada día era más difícil ver sus siluetas, aun a la luz de las claraboyas de los talleres.

Cuando regresaban a sus casas, las mujeres apenas tenían aliento para cantarles nanas a sus hijos. Ya ni siquiera eran las maestras del arte de zurcir que eran antes, ni siquiera las antiguas canciones les encendían los ojos y sus mejillas palidecían sin remedio.

Cuando estaban a punto de quedar completamente invisibles, una le susurró al oído a la otra:

—¿Te has dado cuenta? Ya casi somos invisibles, pero aun tenemos voz.—Tenemos voz… Tenemos voz —se decían una a la otra, como una noticia de esperanza. Risitas apretadas en las manos se escuchaban aquí y allá, como brotes de temprana primavera.

Y el jardín floreció con sus voces:—¡Reducción de la jornada laboral! ¡A igual trabajo igual salario! Y una vocecita tímida pero firme agregó:—Pan y rosas. —¡Pan y rosas!… ¡Pan y rosas! —repetía el eco del corazón pulsante de más de veinte mil voces unidas.

Y las voces se escucharon en Lawrence, Chicago, Boston, Nueva York… pero no fue una batalla fácil. Mientras más se escuchaban las voces de las mujeres, más fuerte sonaban los pitos, los pistones y las calderas de las fábricas, acompañados de las voces de sus poderosos dueños.—Si no te gustan las condiciones, hay otras mil detrás de tu puesto. Morirás de hambre si no aceptas nuestras condiciones. Pero las mujeres no callaron: —¡Reducción de la jornada laboral! ¡A igual trabajo igual salario! ¡Pan y rosas!

Resistieron por once semanas, hasta que no solo dejaron de ser invisibles, sino que iluminaron la oscuridad de aquellos días como una sola flama roja y rebelde.

En 1911 en la ciudad de Nueva York, en un terrible incendio provocado, murieron 123 obreras textiles de la Triangle Shirtwaist Company. Este terrible suceso obligó a cambios decisivos en las leyes y en los derechos laborales en el mundo. Cada ocho de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer en honor a la memoria de todas aquellas que soñaron con pan y rosas en nuestras mesas.